Wallace Stevens - A un viejo filósofo en Roma


Wallace Stevens (Reading (Pensilvania), 2 de octubre de 1879 – Hartford (Connecticut), 2 de agosto de 1955)


En el umbral del Cielo, las figuras de la calle
Se vuelven figuras del Cielo, el movimiento majestuoso
De hombres que se empequeñecen en distancias espaciales,
Que cantan, con el más pequeño y todavía más pequeño sonido,
La absolución indescifrable, y un final-

El umbral, Roma, y, atrás, una Roma más misericordiosa,
Ambas iguales en la construcción de la mente.
Como si en una dignidad humana
Dos paralelas se hicieran una, una perspectiva de la que
Los hombres formaran parte, tanto en la pulgada como en la milla.

Con qué facilidad las banderas al viento se cambian en alas...
Las cosas, oscuras en los horizontes de la percepción,
Se vuelven acompañamientos de la fortuna, pero
De la fortuna del espíritu, más allá del ojo,
Fuera de su esfera y, sin embargo, no mucho más allá,

El final humano en la más amplia culminación del espíritu,
El ápice del conocimiento en la presencia del ápice
De lo desconocido. El pregón de los chicos de los diarios
Se convierte en otro murmullo; el olor
De los remedios, una fragancia que no se echa a perder...

La cama, los libros, la silla, las atareadas monjas,
La vela como eludiendo la vista, estas son
Las fuentes de la felicidad bajo la forma de Roma,
Una forma entre antiguos círculos de formas,
Y éstas bajo la sombra de una forma

En una confusión de cama y libros, un augurio
Sobre la silla, una móvil transparencia sobre las monjas,
Una levedad sobre la vela desgajándose de la mecha
Para unirse a una flotante excelencia, para escapar
Del fuego y ser parte solo de aquello

Que el fuego simboliza: lo celestial posible.
Háblale a tu almohada como a ti mismo.
Sé orador pero en una lengua precisa
Y sin elocuencia, Oh, adormecido,
De la tristeza que es el monumento de esta habitación,

Para que sintamos, en esta extensión iluminada,
Lo genuinamente pequeño, para que cada uno de nosotros
Se vea a sí mismo en ti, y escuche su voz
En la tuya, maestro y hombre digno de compasión,
Absorto en tus partículas de acción ínfima,

Tu letargo en lo profundo de la vigilia,
En la tibieza de tu lecho, al borde de tu silla, vive,
Aunque vive en dos mundos, impenitente
En uno, y el mayor de los penitentes en el otro,
Impaciente por la grandeza que necesitas

Entre tanta miseria; y, no obstante, encontrándola
Solo en la miseria, la inspiración de la ruina,
La profunda poesía de lo pobre y de lo muerto,
Como en la gota final de la sangre más profunda,
Mientras cae del corazón y yace allí para ser vista,

Incluso como la sangre de un imperio, es posible,
Para un ciudadano del cielo, aunque todavía en Roma.
Es el discurso de la pobreza el que más nos persigue.
Es más viejo que el más viejo discurso de Roma.
Éste es el énfasis trágico de la escena.

Y tú - Eres tú el que lo dice, sin discurso,
La sílaba sublime entre cosas sublimes,
El único hombre invulnerable entre
Vulgares capitanes, la majestad desnuda, si tu quieres,
De los arcos de un nido de pájaros o de las bóvedas manchadas por la lluvia.

Los sonidos se filtran. Las edificios son recordados.
La vida de la ciudad nunca se va, ni tú lo quieres.
Forma parte de la vida en tu cuarto.
Sus cúpulas son la arquitectura de tu cama.
Las campanas siguen repitiendo nombres solemnes

En coros y coros de coros,
Poco dispuestos a que la misericordia deba ser un misterio
Del silencio, a que cualquier soledad de la sensación
Deba darte algo más que sus peculiares acordes
Y reverberaciones empeñadas en seguir susurrando.

Hay una especie de grandeza total en el final,
En el que cada cosa visible es aumentada y, no obstante,
No es mayor que una cama, una silla y monjas ajetreadas,
El teatro más inmenso, y el atrio con columnas,
El libro y la vela en tu cuarto ambarino,

Grandeza total de un edificio total,
Elegido por un inquisidor de estructuras
Para sí mismo. Se detiene ante este umbral,
Como si el propósito de todas sus palabras tomara la forma

Y la figura del pensamiento y se realizara.


Versión: Isaías Garde



Wallace Stevens - To an Old Philosopher in Rome

On the threshold of heaven, the figures in the street 
Become the figures of heaven, the majestic movement 
Of men growing small in the distances of space, 
Singing, with smaller and still smaller sound, 
Unintelligible absolution and an end -

The threshold, Rome, and that more merciful Rome 
Beyond, the two alike in the make of the mind. 
It is as if in a human dignity 
Two parallels become one, a perspective, of which 
Men are part both in the inch and in the mile.

How easily the blown banners change to wings... 
Things dark on the horizons of perception 
Become accompaniments of fortune, but 
Of the fortune of the spirit, beyond the eye, 
Not of its sphere, and yet not far beyond,

The human end in the spirit's greatest reach, 
The extreme of the known in the presence of the extreme 
Of the unknown. The newsboys' muttering 
Becomes another murmuring; the smell 
Of medicine, a fragrantness not to be spoiled...

The bed, the books, the chair, the moving nuns, 
The candle as it evades the sight, these are 
The sources of happiness in the shape of Rome, 
A shape within the ancient circles of shapes, 
And these beneath the shadow of a shape

In a confusion on bed and books, a portent 
On the chair, a moving transparence on the nuns, 
A light on the candle tearing against the wick 
To join a hovering excellence, to escape 
From fire and be part only of that which

Fire is the symbol: the celestial possible. 
Speak to your pillow as if it was yourself. 
Be orator but with an accurate tongue 
And without eloquence, O, half-asleep, 
Of the pity that is the memorial of this room,

So that we feel, in this illumined large, 
The veritable small, so that each of us 
Beholds himself in you, and hears his voice 
In yours, master and commiserable man, 
Intent on your particles of nether-do,

Your dozing in the depths of wakefulness, 
In the warmth of your bed, at the edge of your chair, 
    alive 
Yet living in two world, impenitent 
As to one, and, as to one, most penitent, 
Impatient for the grandeur that you need

In so much misery; and yet finding it 
Only in misery, the afflatus of ruin, 
Profound poetry of the poor and of the dead, 
As in the last drop of the deepest blood, 
As it falls from the heart and lies there to be seen,

Even as the blood of an empire, it might be, 
For a citizen of heaven though still of Rome. 
It is poverty's speech that seeks us out the most. 
It is older than the oldest speech of Rome. 
This is the tragic accent of the scene.

And you - it is you that speak it, without speech, 
The loftiest syllable among loftiest things, 
The one invulnerable man among 
Crude captains, the naked majesty, if you like, 
Of bird-nest arches and of rain-stained-vaults.

The sounds drift in. The buildings are remembered. 
The life of the city never lets go, nor do you 
Ever want it to. It is part of the life in your room. 
Its domes are the architecture of your bed. 
The bells keep on repeating solemn names

In choruses and choirs of choruses, 
Unwilling that mercy should be a mystery 
Of silence, that any solitude of sense 
Should give you more than their peculiar chords 
And reverberations clinging to whisper still.

It is a kind of total grandeur at the end, 
With every visible thing enlarged and yet 
No more than a bed, a chair and moving nuns, 
The immensest theatre, and pillared porch, 
The book and candle in your ambered room,

Total grandeur of a total edifice, 
Chosen by an inquisitor of structures 
For himself. He stops upon this threshold, 
As if the design of all his words takes form 

And frame from thinking and is realized.


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